20.1.11

Encuesta

Cuando no sabemos hacia donde se va a dirigir nuestra vida, elucubramos. Hacemos mil y una conjeturas, resumimos, ampliamos, desechamos ideas y volvemos a ellas, escuchamos cien veces los pros y los contras de lo que puede ser (o no) de nosotros, valoramos lo bueno y lo malo, criticamos al tiempo, al dolor, al amor y al vecino si hace falta. Escuchamos nuestras voces interiores que nos dicen lo bien o lo mal que vamos. Escuchamos las voces exteriores que nos dicen lo mal que vamos. Refunfuñamos ante cualquier otra adversidad que no tenga nada que ver con el tema principal, nos damos cuenta de ello e intentamos rectificar. Pataleamos por tonterías mientras sabemos que lo que nos come (y nos carcome) es otra cosa diferente. Empezamos los días con firmes propósitos en los que aseguramos a nuestra conciencia que ése va a ser un día diferente. Miramos a nuestro alrededor y nos percatamos de cuántas cosas hay que nos gustaría cambiar... pero después, cuando se haya solucionado lo que nos trae de cabeza. Y luego decimos que no, que hay que cambiarlas antes, porque así a lo mejor se soluciona lo que nos marea. Mareamos a los demás, pidiendo consejos, cuando ya no sabe nadie qué decirnos. Escribimos en blogs en los que vomitamos como posesos todos y cada uno de nuestros pensamientos. Nos pasamos las tardes en el sillón pensando, una vez más, en cómo va a acabar lo que nos inquieta. Y todas estas cuitas nos aceleran, en lugar de tranquilizarnos, en lugar de llevarnos hacia un punto en el que demos por seguro que todo se solucionará, cuando tenga que solucionarse. Ni antes ni después. Y al final, acabamos tomándonos un trankimazín.

¿O esto sólo me pasa a mí?

1 comentaron que...:

Bliss dijo...

100% de acuerdo en todo.

 
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