22.2.12

... ahora tiene una relación con...

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Hace unos días (no sé cuántos, porque no me he parado a mirar la fecha, sinceramente) hiciste algo, un gesto, que podría pasar desapercibido para el resto del mundo. Para todos los demás será un gesto banal y sin mayor trascendencia. A mí me hace escribir esto hoy. Y probablemente con esto dé por cerrado este blog. No quiero volver sobre mis pasos, porque ya lo he hecho demasiadas veces.

Conmigo nunca te atreviste. Dos años y medio de relación y NUNCA te atreviste a hacer lo que sí has hecho con él.
Los motivos sigo sin conocerlos. Miedo? Vergüenza? Vergüenza ajena? No los sé, y a día de hoy creo que me importan poco. No lo hiciste. Me quisiste esconder, tratarme como a una "amiga", y lo mantuviste hasta el final. Casi tres años después aún había gente de tu círculo "íntimo" que pensaba que yo era una compañera de piso.

Puede que para ti fuera "respetar tu intimidad". Que lo camuflaras así, que quisieras "mantener tu vida privada" fuera de ojos ajenos... pero qué fácil es cagarse en todo eso cuando lo que tienes es una relación heterosexual y no una de bolleras. Es más, una de bolleras en la que la bollera más bollera es tu pareja. En la que tu pareja tiene claro quién es y no le da miedo.

Me ha dado rabia, y en parte un poco de pena. Porque, hoy, me atrevo a decir, después de dos años que no estamos juntas, que sí, fui feliz... hasta que dejé de serlo. Hasta que dejé de ser yo misma para convertirme en una persona igual de fría, igual de taciturna y de oscura que tú. Dejé de sonreír prácticamente, todo era negro y rodeado de una niebla igual de negra, todo era pesimismo y dificultades a tu lado. Raro era el día que las cosas salían bien. Siempre había algo que amargara la fiesta.

Ahora me has dicho, no sé tampoco cuánto tiempo hace, porque nunca fui una grabadora (cosa que te repetí mil veces), que me ves cambiada. Hablando con otras personas les he preguntado si he cambiado. Y todos me contestan lo mismo: NO, no he cambiado. He vuelto a ser yo. He vuelto a sonreír, soy más irónica (sí, más), me da menos miedo todo y me atrevo con un pintalabios rojo.

Me da igual que leas esto. Lo que no quiero que leas ya lo tengo en un agujero negro en el que puedo despotricar. Pero lo que te decía antes, me da menos miedo todo. No me da miedo que leas esto, porque sabes que nunca me atreveré a decírtelo a la cara. Soy valiente, pero no tanto.

Ojalá que tu relación heterosexual sea feliz. De verdad. Exhíbela, muéstrasela al mundo. No la escondas, porque no sabes el daño que puede llegar a hacerle eso a la persona a la que tratas de esconder. Llega a plantearse si da asco, si vale la pena como persona y que si no sería mejor que se bajara del tren, porque total, si la persona que se supone que le ama no se atreve a decirlo, quizá es que no está hecha para ser amada. Ni para vivir, ya de paso.

Pero sí estoy hecha para ser amada. Y para amar. Lo que nos diferencia a ti y a mí es que yo sí soy capaz de vivir sin ello. Tú no.

Y sí, estoy enfadada. Muy aguda.

Ya hablamos, si quieres.

14.12.11

Soltando lastre

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Sé que me va a costar escribir esto... pero allá voy.

No sé si debería escribir esto. O no. O no sé.

Ha pasado el suficiente tiempo como para que, por lo menos, quiera hacerlo.
Creo (y digo creo porque ella ya sabemos lo bien que expresa sus sentimientos... o por lo menos conmigo le cuesta) que es feliz. Ahora. Contigo. Espero que sepas ver en ella lo que yo no supe ver. Es más, espero que sepáis complementaros y apoyaros como nosotras no supimos. Quiero que sea feliz... aunque no sea conmigo (grande, Bunbury). Ella ha sido una parte de mi vida, la aprecio, la quiero y me gusta haber encontrado ese término medio en el que poder ser, otra vez, su amiga. Atrás quedan las lamentaciones y los momentos de debilidad en los que me moría por estar con ella y te odiaba (y me odiaba) porque no era así. Ahora sólo quedan los momentos en los que me gusta quedar con ella, tomar un café y contarnos qué tal nos van las cosas.

Es raro. Lo sé.

Pero ya no te odio. Ya he dejado atrás la etapa en la que evitaba cualquier sitio donde remotamente pudieras estar por miedo a no saber qué hacer cuando te viera. Nada bueno, repetí muchas veces.
No te asustes. No pretendo, ni quiero, ni necesito, ni espero ser tu amiga ahora. Pero necesito descargar este peso de encima de mí. No quiero tener la sensación de odio sobre mis hombros. Y contigo, la tenía. Y ahora que me he dado cuenta de que los años, el respeto, los buenos sentimientos y las buenas actitudes a veces no valen para nada, y que aunque no quieras hay personas que acaban apartándose de tu lado por mucho que te esfuerces, no quiero que mis sentimientos hacia las personas que están alejadas de mí, por los motivos que sean, hagan que tenga la conciencia ni un mínimo más intranquila de lo que debería estar. Si alguien está alejado de mí, repito, sea por los motivos que sea, quiero tener la sensación de haber dejado las cosas solucionadas y que cada uno continuó su camino. Sin rencor. Aunque no se olvide.

Hay veces en las que, aunque pongamos todo de nuestra parte, no salen las cosas como esperamos. Ni como queremos.

Así que, aquí estoy. Escribiendo esto a las 4:03 de la mañana, porque me he despertado y, supongo que con el subconsciente puesto en esta tarde, he pensado en ti. En que fuimos amigos y ahora... pues ahora ya no. No hay culpables, ni vencidos. Ni mejores, ni peores. Sólo elecciones y hechos. Quizá con el tiempo podamos hablar esto. No lo sé. Pero quiero que sepas que no te deseo ningún mal. No pretendo que las cosas se te tuerzan y acabes vagabundeando por las calles. Quiero que seas feliz. Al menos, que te vaya lo suficientemente bien todo como para intentarlo, y sentirlo de vez en cuando.

Espero que leer esto te dé, al menos, una pequeña sensación de "paz". Ya tienes un enemigo menos. Renovarse o morir... y a día de hoy, aún no sé qué quiero que pongan en mi epitafio.

Nos vemos.

PD: Si ves a ese chico que un día nos presentó, coméntale que, si en algún momento cambia de opinión, puede ponerse en contacto conmigo. Medios tiene (móvil, sms, correo ordinario, e-mail, facebook, twitter, palomas mensajeras...). A pesar de todo, y de ella, sigo considerándole un tío cojonudo, que ha tenido mala suerte en sus últimas elecciones. Y si me necesita, aunque lo dudo, aquí estaré.

1.6.11

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No sé muy bien qué escribir hoy... pero hace mucho que no actualizo, así que vamos a dejar salir algo de dentro... sea lo que sea.

Estoy asqueada con mi trabajo. Supongo que tiene que ver con que veo tan cerca y tan lejos a la vez las vacaciones, que me pongo histérica de ver que no llegan. Pero es que también tiene que ver el hecho de que no tengamos voz ni voto para tomar decisiones. Cualquier cosa que hagamos, digamos o planteemos acaba en un cubo de basura, ninguneada y menospreciada por alguien. No importa lo que sea. Al final, tendré que creerme lo que una enfermera me dijo cuando hacía las prácticas de 2º: no te van a pagar por pensar. Al final de verdad que me lo acabaré creyendo, y me dedicaré única y exclusivamente a ser un burro con ronzal y me dejaré de tonterías. Me limitaré a asentir, taparme los oídos y los ojos y dedicarme a ser una lechuguina sin criterio y sin ideas. Es triste, pero de verdad que estoy muy cansada de este trabajo.

Supongo que alguien habrá que piense lo de "al menos tienes trabajo". Sí, pero ¿a qué precio? No sé si estoy dispuesta a pagar el sobrecoste "humano" que supone seguir donde estoy. Me encanta mi trabajo, bien lo sabe Dios y todo el que me haya leído alguna vez. Disfruto con lo que hago, cuidando de mis abuelillos y haciéndoles la vida (y su camino hacia la muerte) más fácil. No me avergüenza decir donde trabajo. Au contraire. Me enorgullece cuando explico a qué me dedico. No me supone una carga en absoluto acompañar hacia donde se dirigen a las personas a las que cuido, sabiendo que es un lugar al que nadie quiere llegar. No me cuesta ningún trabajo extra asumir pérdidas, enfermedades, dolor y pena. Asumo y acepto que es una parte de la vida que siempre llega, y hay que aceptarla de la mejor manera posible, y ayudar a aquéllos que no son capaces de sobrellevarla por sí mismos.

Pero mi hastío no viene con ellos. No viene con esas personas a las que cuido. Viene con los que se supone que están ahí para lo mismo que yo. Y se les olvida. Se les pasa de largo para lo que estamos allí. Y se frotan las manos con cada nuevo ingreso. Y se rasgan las vestiduras con cada baja. Y cuando hablamos de baja, hablamos de muertos. No estamos en una guardería. Ahí sí sería duro enfrentarse a la muerte. Estamos donde estamos y para lo que estamos. Que se dejen de hacer cuentas y cábalas para ver cuánto dinero menos ingresan este mes. Porque van a ingresar un pastizal serio. Dedíquense por favor a invertir ese dinerito en esa gente que está ahí, que les hace falta y lo necesitan a rabiar. Porque cada mes les pasan la factura y no veo que revierta en ellos.

El desprecio hacia el personal es ya harina de otro costal. Me parece inaceptable que se imponga la ley del miedo para hacer funcionar un negocio. Sobretodo, este negocio. No puedes amenazar a la gente que tienes trabajando, porque la quemarás, y eso hará que el trato hacia los mayores sea peor. Con lo que aún alucino y me parece digno de admiración es que las auxiliares, que están todo el santo día al pie del cañón, todavía tengan ganas de seguir sonriendo a familiares, amigos de (...), jefes, subalternos y lamebotas en general. Y me sorprende porque yo hay días en los que odio con todas mis fuerzas a esa gente. Y eso que no los veo, porque afortunadamente mi turno me permite hacer mi trabajo sin sentir 40 pares de ojos sobre mi nuca. Y lo que decía antes... la ley del miedo, de sentirte amenazado constantemente, de pensar que cualquier cosa que puedas hacer mal va a ser duramente castigada, con o sin motivo, porque ahí no pregunta ni el tato. Has sido tú!!, dedo acusador y reprimenda. Así se funciona. Y no sólo para las auxiliares. Para nosotras va igual.

Y luego está el hecho del que hablaba al principio. No poder tener un criterio, estar sometidas todo el tiempo a la presión de tener que hacer lo correcto pero sin tener que ser nosotras las que tomemos decisiones, porque no debemos hacerlo. Verte sola ante el peligro y rezar para que, si tomas una decisión u otra, la persona inmediatamente superior a ti (es decir, el médico), te respalde a posteriori y no se lave las manos cual Poncio Pilatos y te deje con el culo al aire cual mono de zoológico. Irreal. Ilógico y temerario. Pero así debemos funcionar. Porque a ver a quién recurres a las 3:30 de la madrugada para que te solucione la papeleta. Te la tienes que solucionar tú. Y aprendes a hacerlo. El problema no es que no sepamos hacerlo, es que estamos desamparadas por completo. En un turno de 12 horas en el que la "mayor autoridad" eres tú, no necesitamos que nadie nos diga qué tenemos que hacer. Lo sabemos de sobra. Pero yo, personalmente, la mitad de las veces lo hago con un miedo que me caga patas abajo. Porque me veo el percal al día siguiente, con su correspondiente bronca, su correspondiente castigo y su correspondiente aireo de la situación por parte de gente ajena al problema, pero que disfruta escampando el olor a mierda.

Así que sí, estoy hasta las mismíiiiiisimas pelotas de mi trabajo. Quizá no de mi profesión, pero sí de lo que a día de hoy paga las facturas, mi ocio y mi vida en general. No es más que por eso por lo que aún no he mandado a escaparrar el curro (de mierda) al que voy cada día con más pesar.

(Pues para no tener nada que decir, me he quedao ASÍ de ancha...)
 
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